Ana

Cuando Ana tenía ocho años descubrió la placentera sensación de caer al arrojarse desde un barranco hacia un río profundo. Esos segundos de liviandad aterradora serían una necesidad obligada desde ese momento en adelante.

Soltar...hasta no recordar ni su propio nombre.


Todas las mañanas, cuando despierta, Ana espera treinta segundos para abrir sus ojos. Siente que es el tiempo necesario para reconectar con su cuerpo. Para sentirse completa.


Todos los objetos en su casa, se disponen a cuarenta y cinco grados entre ellos. Muebles, adornos, revistas y libros. Un placer geométrico le rasca el cerebro cada vez que los observa. Y lo hace, al menos, seis veces al día.


No siempre abandona su casa con una sonrisa, está viva y no es un rostro en un poster publicitario de crema de enjuague.


Sale a la calle a registrar patrones y a presenciar secuencias. -Todo está pasando a la vez-

A veces lo dice. Siempre lo piensa -La macro imagen es tan hermosa como perversa-


A diferencia de su destino o sus conclusiones, su aventura no tiene nada de incierto. Siempre comienza en la panadería de Alfredo.

Cuando era pequeña vivía a dos cuadras de ahí. Y Alfredo era el amable señor que dejaba caer un caramelo ácido en la bolsa de bizcochos cada vez que compraba en la panadería.


Pero ella no ve eso cuando mira hacia la puerta del comercio. Ella ve a Alfredo ser apuñalado brutalmente por dos personas mientras vacían la caja. Ve sangre y terror. Y ni por un segundo gira la mirada, absorbe cada segundo del recuerdo.


Algunas noches, antes de dormirse, Ana escucha ruidos y percibe movimientos. Los sonidos son similares a los que hace una televisión sin señal, y los movimientos son roces en sus piernas, como cosquillas, o para ser más exacto, como escalofríos.


Desde algún lugar la observan, la escuchan, la tocan…y ella no sabe porque, pero no tiene miedo. Las secuencias son exactas, y los patrones perfectos. Confía su cordura en ello. No se permite olvidarlo. No mientras lo entiendan su mente y su cuerpo.

-Todo regresa, pero nadie escapa- dijo en voz alta, acostada en el suelo, jugando con las sombras de sus pies en el techo

-Ni siquiera nuestras ideas sobrevivirán al paso del tiempo, al inevitable silencio-


Autor: Diego Vazquez



29 vistas0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo

Creo que