Aroma a Limón

El aroma a té con limón me invade y conforta.

Miro a la abuela. Sus ojos pícaros y vidriosos y la sonrisa apacible mientras vuelve a su niñez con otra de sus anécdotas. Esta voz pausada siempre cálida y amorosa que me contuvo tantas veces durante mi niñez y adolescencia es un arrullo para mi alma.

Frente a mí, la ventana desde donde se asoma y menea la copa del árbol. ¡Tantos años viéndola desde esta butaca al costado de su cama!... a veces verde y tranquila, a veces amarilla y danzante y otras, desnuda y amenazante.

Sobre la pequeña mesita auxiliar, el mantel de colores terrosos hecho por ella misma, las dos servilletas de tela al tono a las que tejió el borde en crochet a juego con el mantel, las dos tacitas de porcelana blanca con rositas rosa y bordes dorados, las cucharitas de plata labrada, la majestuosa tetera del juego de té y en el plato una torta de limón que cocinó temprano en la mañana.

El televisor está encendido sin volumen, y sobre la cama descansa por un rato una canasta con muchas madejas de lana de infinitos colores y un par de agujas desde una de las cuales se enreda, ya avanzada, una bufanda en pleno proceso, seguramente para alguno de sus bisnietos.

La lámpara sobre la mesita de luz está encendida. A esta hora ya no entra mucha luz en el dormitorio, pero como es la habitación más calentita del apartamento durante el invierno, la mayor parte de su actividad se desarrolla aquí.

Lentamente giro la cabeza hacia el tocador que guarda infinitos secretos en sus profundos cajones. De niña pasaba mucho tiempo abriéndolos para maravillarme con el contenido en los mismos. No sabía para que servían muchas de las cosas, lo que daba lugar a extensas explicaciones suyas que a veces me resultaban graciosas y otras no alcanzaba a comprender del todo.

El gran espejo me muestra la cabecera de la cama, el crucifijo colgado en la pared y parte del rosario que cuelga sobre un lado del respaldar. Alcanzo a ver la radio sobre la mesa de luz aguardando en silencio la llegada de la madrugada para acompañar momentos de insomnio y que de niña recuerdo escuchar durante horas y horas cuando me quedaba con ella.

En la pared, empapelada con franjas verticales en distintos tonos de ocre, cuelgan varios retratos en blanco y negro. Mi papá de pequeñito, otro de adolescente con su gorra del uniforme militar, uno de ella misma muy jovencita con los pómulos coloreados a mano sobre la fotografía y uno del día del casamiento en el que luce un magnifico vestido blanco recatado y solemne con profusión de volados y un largo tul virginal … a su lado en frac negro con moñita, el abuelo.

El abuelo, su único amor y “mi único hombre” como siempre aclara, falleció cuando yo tenía tres años y abuela apenas rondaba los cincuenta, sin embargo, estuvo muy presente en nuestra vida a través de ella.

Jamás pensó en rehacer esa parte de su vida. Luego de enviudar tuvo algunos “pretendientes”, muchos de los cuales llegué a conocer porque la visitaban, venían a tomar el té o un chocolate y le traían flores y bombones.

Siendo adolescentes mi hermana y yo solíamos hacerle notar el evidente interés de estos caballeros y ella negaba de inmediato toda posibilidad de corresponderles, aunque sonreía con cierta picardía ante lo que sin duda era una caricia a su autoestima.

Sobre el televisor cuelga la única foto a color donde estamos uno de mis hermanos de apenas unos meses y yo con un año o poco más. La otra nota de color del dormitorio es la colcha realizada con cientos de cuadraditos multicolores a crochet. Me enseñó crochet justamente cuando hizo esa colcha, la segunda hilera de algunos cuadraditos las hice yo … ¡y hasta me dejó elegir el color.!

Sus manos arrugaditas juegan acariciando el mantel mientras habla. De niña nunca le gustaron sus manos porque eran mas oscuras que la de sus amigas y tampoco le gustaba su pelo finito porque las trenzas no lucían y parecían “colitas de ratón”, hoy su melenita color plata, cuidadosamente moldeada por ruleros, es hermosa. Ojalá me atreviera a lucir mis canas como ella.

Acerco mi mano para tomar una de las suyas, pero tengo miedo a que se distraiga y olvide la historia, entonces la apoyo al lado de mi taza y observo que se reclina cómodamente sobre el respaldo de la butaca y prosigue con su vista perdida en los recuerdos que parecen estar un poco por encima de mi hombro izquierdo.

Su relato me atrapa siempre. Cuando era pequeña destacó en recitado y oratoria y desde que tengo uso de memoria cuando no nos cuenta anécdotas o recuerdos de su pasado, recita viejos poemas que hablan de la guerra o de trenes y esperas, de amores imposibles y de enamorados, de niños héroes, de jóvenes con sueños y tantas otras cosas… Desde muy pequeña me ha fascinado escucharla.

De pronto me señala la taza y me observa que se enfría el té invitándome a servirme otro trozo de budín de limón, mientras remarca que lo hizo especialmente para mí, aunque yo sé que siempre hace cosas dulces esperando nuestra visita y que la caramelera está rebosante para mimar a nietos y bisnietos.

Tomo un poco de té, pongo un trocito de torta sobre mi plato y le sonrío.

Estoy sintiéndome un poco ansiosa para que finalice su relato y así poder contarle de mis nietos. Quiero contarle lo maduro que está Tiago ya saliendo del liceo, lo bien que le va a Santino con el inglés, a pesar del miedo que teníamos con el nuevo cambio del colegio, y las últimas travesuras de Clarita con las que sé se divertirá como si tuviera su edad. Clarita tiene algunas actitudes que me recuerdan a anécdotas que ella ha contado de su propia niñez.

La historia que cuenta la he escuchado ya decenas de veces, pero finjo sorpresa de tanto en tanto. Sus ojos se enfocan más allá de mí buscando cada detalle y vuelven sobre los míos para corroborar que sigo atenta y no he perdido el interés. Por mi parte, trato de disimular todo lo posible mi ansiedad por comenzar mi propio relato.

De pronto suena el timbre en casa de algún vecino y nos sobresaltamos ambas. Cierro los ojos… ¿o los abro? … no sé…

Estoy sentada sobre la cama con la taza de té entre mis manos. El té se está enfriando. Tomo un sorbo, aún puedo sentir el aroma a limón.

El televisor susurra bajito y la lampara de la mesita de luz está encendida porque a esta hora ya no hay tanta luz.

Bajo la vista. Sobre la cama, a la altura de mis rodillas, descansa una bolsa con lanas de colores y un par de agujas con las que estoy tejiendo una bufanda para Clarita. Tengo la idea de hacer un cubrecama en crochet con los tantos restos de lana que me han quedado en estos años.

Tomo otro sorbo de té. Respiro profundo la magia del aroma a limón.

Sonrío, me siento feliz y reconfortada. ¡Hace tanto que te fuiste! Siempre te echo de menos abuela. ¡Gracias por tu visita!


Autor: Monica Nieto




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