Baile de Carnaval

Marita se bañaba lentamente. Parecía que pretendía perder el ómnibus que la llevaría a la ciudad a ver muerto al hombre que amó. Se miraba el cuerpo desnudo, chorreando espuma. Redescubría (como a diario) sus arrugas, la flacidez del vientre que nunca cobijó un hijo, sus brazos que no pudieron abrazar el cuerpo que querían, sus manos que se aburrieron de esperar la piel que deseaban acariciar. Toda ella se veía vacía, seca. El agua no la calmaba, el ruido de la lluvia le hacía pensar… Cuando Morán era un recién llegado en el pueblo, Marita era una niña todavía. Sin embargo, su cuerpo se estremecía cada vez que lo veía. Primero pensó que era miedo, pero no quería huir ni dejar de verlo. Él, por su parte, siempre la ignoró. Es más, nunca se supo realmente si cruzó alguna palabra con ella, aunque Marita, a medida que crecía, inventaba nuevas formas de llamar su atención. Primero, a los once, le tiró piedras al techo de la pieza donde vivía. A los quince ya se animó a escribirle. Le dajaba por debajo de la puerta unas hojitas decoradas con poesías incomprensibles para él. Solo agregaba al final sus iniciales. A los dieciocho, ya lo miraba sin pudor alguno. Cuando alguno le hacía un comentario a Morán, éste se limitaba a decir (rascándose la cabeza) que eran cosas de gurises. El peor desplante que sufrió Marita fue en un carnaval. Había ido con Blanca y Mariana, sus hermanas. También fueron con ellas dos amigas, Norma y Julia. En realidad solo eran amigas de Mariana. Se habían conocido en una fiesta de la escuela del pueblo vecino. Desde entonces, Julia se quedaba en la casa de las Juárez cada vez que había baile. La noche estaba increíble, cálida, estrellada. El baile era en la calle. Uno de los tamberos de la zona había atravesado una zorra en la calle principal, casi frente a la Iglesia. A eso de las diez de la noche, los organizadores gritaban a los presentes que se arrimaran y formaran un círculo. El juego consistía en atrapar un lechón engrasado. El juego era el inicio del baile. El jolgorio era corrido y el griterío, impresionante. Risas, carcajadas. Las doñas se tapaban la cara, algunas con pañuelos, otras, con los abanicos de plástico, puntilla y tela. Se limpiaban las lágrimas de tanto reír. El lechón, chillando, buscaba una salida entre cientos de piernas que se tambaleaban sobre él. Un muchacho se tiró en palomita para agarrarlo pero la piel engrasada se le escabulló entre los brazos. Otro, le cinchó de la cola, pero para el animal fue más fácil mantener su libertad. Sin embargo, la tercera estrategia fue la vencida. Dos amigos lo acorralaron y se abrazaron formando con brazos y piernas, una improvisada jaula humana. Cayeron sentados pero no lo soltaron. El griterío aumentó, las risas también y, para dar fin al juego, uno de los organizadores gritó por el micrófono: “- Bueno, bueno. Acá tenemos a los ganadores que se van a repartir el premio”. – Y señalando a los ganadores – “¡Che! ¡Gurí! ¿Ya sabés cuál es tu parte? Miren que si no les gusta la cabeza, me ofrezco para comprarla. Dejenmelá barata. No se aviven… ¿Eh? Pa ustedes el lechoncito fue un regalo”. – Subiendo la voz – “Aplausos, vamos vecinos. Hoy es un día de fiesta ¡Aplausos! Dale Chicho, subí la música de la discoteca”. Y todos se abalanzaron a la pista improvisada en la calle. Desde la zorra, adornada con banderines, globos y guirnaldas de diferentes colores, se alternaban a cantar y bailar los más entonados. Las desafinadas y caídas de los “mamaos en la zorra” eran el deleite de los que bailaban abajo. Subían desde el suelo las carcajadas. Las doñas lloraban de la risa y se empujaban unas a otras para señalar al ridículo de turno. Cada poco, sacaban un pañuelo para secarse las lágrimas. Julia y Mariana bailaban riéndose. No les importaba nada excepto las miradas insistentes de algunos muchachotes. Ellas cuchicheaban y largaban una risita cómplice de vez en cuando. Marita, que recién había cumplido sus dieciocho años y se sentía autorizada para cualquier cosa, esperaba sentada en uno de los bancos largos. Buscaba con la mirada pero no encontraba lo que quería ver. Pasó una hora sin bailar. Se aburría. De pronto la música se corta. Por el micrófono anuncian el concurso de disfraces. En realidad no tuvo tanto éxito como lo del lechón. La sombra de la corrupción y el acomodo empañaron el desfile. Algunos se enojaron porque la Reina, la Vice reina y la Primera princesa, pertenecían “casualmente” a las familias que habían hecho las donaciones para la fiesta. Sin embargo, también era cierto que los trajes más novedosos eran los de los hijos de esas familias acaudaladas. El cuchicheo sobre las coincidencias y los silbidos acusadores solo pudieron taparse con música fuerte, muy fuerte. “- Vamos vecinos, aplausos, aplausos. ¡A bailar! La noche es larga y recién comienza”. Marita decidió levantarse del banco. Llevaba puestas unas sandalias tan altas que le dificultaban el andar, sobre todo cuando iba caminando entre las piedras. Se le iluminó la cara cuando lo vio apoyado en el mostrador del bar (también improvisado con ramas de palma y troncos torcidos). No podía aguantarse. Se le ocurrió agarrar a uno de los niños que correteaba y le mandó a decir a Morán si no quería bailar. El niño fue, le tiró de la camisa y le dio al oído el mensaje. Morán se dio vuelta, le miró el cuerpo flaco de gurisa disfrazada de mujer y no pudo aguantar la risa. La muchacha sintió que algo se le anudaba en la garganta. No podía contener más las lágrimas. Al apretar los puños no sintió que clavaba sus uñas en las palmas. Demasiada humillación. Se dio vuelta para disimular, caminó torpemente hasta salir del baile y al llegar frente a la capilla (que dibujaba su oscura silueta en un telón tapizado de estrellas) echó a correr. ¿Qué le importaba a ella que la noche estuviera tan linda? Se torció un pie y quebró uno de los tacos. Como pudo, se sacó las sandalias y siguió corriendo descalza. La humillación la acompañó las cuatro cuadras que corrió (una hacia el Norte, tres al Este, en bajada) desde la ruta vieja. Así le llamaban a la calle del centro del pueblo, que corría paralela a la ruta nueva. A Marita no la reconfortó, como otras veces, el aroma a pinos del frondoso árbol de la esquina. No, no se sintió transportada a la Navidad. Nunca le había resultado tan doloroso el perfume de las uvas tempraneras de la parra del patio del fondo de su casa. Cuando cerró la puerta corrió al baño a encerrarse a llorar. Sus manos subieron hasta el rostro como aquella vez, para resguardarlo de la vergüenza. El agua seguía cayendo, refrescando, enfriando aquel cuerpo envejecido. El agua se mezclaba con las lágrimas. Tendría que ir con los demás a la ciudad. Era el momento de despedirlo. El llanto la ayudó a desahogarse un poco. Lloraba por su soledad, su virginidad obligada, porque él había muerto, porque se rió de ella, porque eligió a otra… “- La puta que te parió Julia. ¡¿Qué tenías que venir a oler en ese pueblo?! ¿Qué tenías que mirarlo esa noche? Marita no los vio juntos en esa fiesta pero al otro día, era uno de los chismes que recorría los almacenes, la panadería, la carnicería, el bar. “- Julia se arregló con Morán”… “Morán agarró una guachita del otro pueblo”…”. Che, ¿es cierto que el rengo se volteó a una a la salida del baile?”… “- Julia le dijo que sí a Mauro, pero solo bailó un poco. Se va a hacer rogar para que él no se agrande, te juro que me dijo eso”… Eran algunos de los rumores. Hoy, tantos años después, esas voces seguían cayendo en ella como el agua de la ducha. Y no, no quería verlo muerto.




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