Cuento para provocarle insomnio a un niño

Había una vez un niño que estaba aburrido, muy parecido a vos. Aburrido y triste, porque sus padres lo habían dejado con un adulto, a quien el niño había conocido esa misma tarde. O por lo menos así lo creía. En realidad, el hombre barbudo y gentil ya lo conocía. De hecho, lo había tenido en sus brazos cuando el niño era apenas más grande que una sandía, pues era un viejo amigo de sus padres.

El niño, de nombre Gurdulú, estaba aburrido y Zametrón, que así se llamaba el adulto, tuvo una idea para entretenerlo.

- ¡Pidamos a las hormigas del jardín que nos cuenten un cuento! - saltó entusiasmado Zametrón frente al niño.

- ¿Un cuento? ¡Qué aburrido! - dijo Gurdulú.

- Escucháme zopenco.- contestó Zametrón, visiblemente contrariado - A mí también me aburre estar contigo y me la fumo. ¿Podrías ponerle un poco de onda al menos, no?

El niño respondió con una palabra de cuatro letras que hizo que la cara de Zametrón adquiriera varios colores al mismo tiempo.

Fue entonces cuando decidí intervenir.

- ¡Eh, ustedes dos, dejen de pelear! - les grité, asustándolos, pues hasta ese momento ignoraban que yo estaba junto a ellos.

- ¿Quién habló?- preguntó Zametrón con un tono de terror que no se preocupó en disimular.

- ¡Tengo miedo! ¡Mamá! - lloriqueó Gurdulú.

- ¡Tranquilos! Soy su amigo. Estoy acá arriba. Lo único que les pido es que cuando giren sus cabezas para mirar, traten de no asustarse. Recuerden que soy su amigo.

Y lo hicieron. Gritar, me refiero.

Ambos se desmayaron al verse reflejados en mis 16 ojos.

Fui recogiendo lentamente mis 8 patas a través de los muebles y me coloqué a una distancia prudente, esperando que volvieran en sí.

La cabaña en la que estaban ahora no tenía paredes, ya que esa era la función de mis patas. El aire fresco del bosque pronto los reanimó.

El primero en despertar fue el pequeño Gurdulú, quien se frotó los ojos, miró alrededor y reanudó su irritante chillido apenas volvió a verme. Dos corrientes de lágrimas brotaron como fuentes, mojando el rostro de Zametrón que casi muere ahogado. Al menos él no lloró, pero tomó a Gurdulú y lo cobijó entre sus brazos mientras me arrojaba piedritas.

- No, en serio,- dije - si no la cortan ahí sí los voy a comer.

Se calmaron.

- Bien. Escuché todo.- continué - Pedirle historias a las hormigas no tiene sentido. Esas tipas esas viven laburando y no les van a dar bola. Además les juro que sus vidas no tienen nada de interesante. Siempre hablan de lo mismo. Trabajo, trabajo y más trabajo. En cambio, yo les puedo hablar de cosas que ustedes jamás imaginaron que podían existir. Conozco historias de lugares lejanos contadas a mí por las mariposas que han pasado por mi telaraña. Me las contaban a cambio de que no las comiera. Claro, ellas son mi comida preferida así que... Pero bueno, también tengo historias del ciempiés. Él ha recorrido el mundo bajo nuestros pies. Allí se guardan los verdaderos tesoros de esta tierra. Es más, tengo 936 años de edad y yo misma conozco el secreto de la vida eterna, pues en un rincón de esas cavernas hay un hongo que...

Y fue entonces cuando el padre de Gurdulú me mató de un pisotón.

Me había olvidado que el niño era hijo de Gardalá, el gigante de la comarca. Por ese descuido, abandoné mi posición en la que había logrado sobrevivir los últimos veinte años camuflada como las paredes de la casa donde Gardalá vivía, sin nunca preguntarse por los extraños pelos grises detrás de los muebles.

Así que aquí estoy ahora, nuevamente en el comienzo del samsara, la rueda de la reencarnación. Soy un mísero pulgón de agua, por ahora.

Pero esperen a que llegue a ser, por lo menos, una escolopendra venenosa, y me meta bajo la almohada de Gardalá.

Maldito gigante abusador.


Autor: Jorge Machado Obaldía




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