Descripción de un loco desolado

Nauseabundas cabezas de pescado, emergiendo continuamente en un inhóspito lago, bordeado por un extenso anillo de árboles cuyas negras hojas remarcan el tétrico ambiente. Ojos pálidos e inexpresivos, bocas completamente abiertas y de sangrantes encías, putrefactas escamas y una isla de parásitos formándose alrededor de las cabezas. Opacas burbujas desprendiéndose y esparciéndose entre los árboles como un inminente virus. Coloniales especies de insectos escarban la tierra y con apuro se escabullen en ella, ante la sospecha de una indeseada presencia. Vigilantes ojos de cuervo incrustados al tronco de los árboles. La intensa neblina actúa de muralla, impidiendo el paso de la luz solar, la noche aquí es de lo único que se conoce. Allí nací y me crié, en una eterna soledad, alejado, cruelmente apartado del resguardo de la sociedad. Y ante la posible duda, se debe a mi apariencia el temor de los insectos. No deseo ser explicito en mi aspecto, quisiera no dañar aún más mi imagen ante ustedes. Me limitaré a describir mi bastón, mi fiel acompañante, mi herramienta de variada funcionalidad. Es considerablemente largo -a tener en cuenta mido más de dos metros treinta- no les mentire, es producto de la fusión de dos columnas vertebrales, cuyos dueño tuve el placer de conocer en brevedad. En honor al sentimiento que los relacionaba es que decidí complementarlas, para así crear el mencionado artefacto. Debo de reconocer también que aún conservan pequeños y sangrantes trozos de carne, no es por morbosidad, creanme que de poder las vértebras estarían minuciosamente lustradas. Mi procedencia es de completo desconocimiento, el origen de mi existencia es una laguna casi tan extensa como la del bosque en el que me encuentro, de donde soy quizá jamás sea conocedor. Medito, a menudo medito durante largos lapsos de tiempo, es quizá de los pocos lujos que un marginado social puede darse. No obstante también frecuento el exterior, el desordenado mundo de los humanos, de no hacerlo caería paulatinamente en una irreversible locura. Yo los veo, pasivamente los contemplo existir, mientras que ellos -es decir ustedesno me perciben, pareciera que no existo aún cuando sé que aquí estoy. Pero no me dejo afligir, aún así, a pesar de su ingrata actitud yo mantengo mi aprecio por ustedes, son una especie muy curiosa, enternecedores por momentos. En cuanto una persona acapara abruptamente mi atención suelo cautelosamente acercarme hacia ella. Procedo a acariciar la delicada piel, deslizo mis ásperas manos recorriendo cada rincón de su cuerpo. Y es allí, en esa precisa instancia en la que una oscura sensación cambia mi pensar. En cuanto mis manos alcanzan el rígido pecho se insertan poco a poco, hasta finalmente tomar contacto con el más débil punto, vulnerable son sus vidas al acariciar tan importante órgano. En un instante, sin previo aviso, lo aprieto, cesando el latido de aquella roja y masisa bola. Mientras con fuerza lo sujeto puedo observar el desprender de la más pura esencia de la víctima. A la par atino a distinguir un rostro reflejado en la perturbada mirada, un rostro pálido, con una enfermiza sonrisa de oreja a oreja, pero lo más espeluznante son esas cuencas, ese par de cuencas vacías que denotan la más fría mirada de un desalmado psicópata. Incesantes alaridos, desesperadas súplicas cuya intención es persuadirme y reconsiderar mi decisión. En ocasiones consiguen recuperar mi delgada cordura, pero temo que el arrepentimiento es fugaz, en cuanto se esfuma vuelvo por la persona cuya vida perdoné. Finalmente en cuanto los gritos cesan un inminente sentimiento de culpa y tristeza invaden mi ahuecado organismo, obligandome a reflexionar sobre mis acciones -¿por qué? ¿qué razones me han dado para condenarlos?- y conduciendome a una transitoria depresión. Quizá me merezco la eterna soledad, an de ser estas las razones de mi frustrante abandono. Mi cambiante personalidad, el paso de la más atroz perversidad a la más humana sensibilidad, impide que continúe con el breve disfrute de sostener una vida con mis manos. Una vez acabado mi viaje retorno a mi inhóspito hogar, ante la presencia de una nueva cabeza de pescado flotando en el opaco lago.


Autor: G.S. Galasso




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