Diferencias

El hombre se sentía satisfecho por haber caminado con paso rápido las tres cuadras desde el centro iluminado y concurrido hasta esa puerta oscura y vieja, en un callejón peligroso y solitario. Tres cuadras sin que nadie se cruzara en su camino. Ni un extraño, ni una sombra, ni un pobre diablo pidiendo algunas monedas o con peores intenciones. A su entender, era lo único positivo de aquella situación.

Sacó de su bolsillo de su chaqueta la carta de papel amarillo. Con un vistazo rápido verificó que se encontraba en la dirección correcta. Sin embargo, le costaba creerlo. Aquel sitio horrible era demasiado diferente al centro. Aunque tan solo lo separaban tres cuadras, la pobreza y el abandono saltaban a la vista de forma desmesurada.

Guardó la carta con mucho cuidado, no fuese que la torpeza de sus nerviosas manos causara aún más estragos en el caduco papel de los que ya había causado los años. Escuchó en la noche: solo unos perros, a lo lejos, y el viento. Imaginó que unos ojos criminales le acechaban a su espalda.

Buscó el timbre. Recapacitó. Se rió de su torpeza y golpeó las maderas en mal estado, con moho y grafiteadas de la puerta, lamentando tener que tocar la superficie húmeda y verde. Pasaron unos largos, eternos minutos. Y no descubrió ningún indicio de movimiento humano. Le costaba creer que un lugar de tal miseria estuviese habitado.

En ese momento de espera pensó en lo mismo, por milésima vez; como había hecho desde que leyera la carta que el orfanato le enviara, una carta encontrada “por milagro”, una carta olvidada en un archivo es desuso. Pensó en la misma idea que le había rondado en la oficina y en el apto, cada hora de los últimos días. Ya lo había pensado… aguardando en el Banco, hablando con la secretaria, entrando a la torre espejada con vista a la Plaza Matriz donde trabajaba, saliendo del aeropuerto o del restaurante, lavando sus dientes o volviendo de la de la Joyería con su reloj ya grabado.

Hacía frío. Era una noche de abril extrañamente fría. Los perros continuaban ladrando y tenía el rostro y las manos congelados. Metió las manos en los bolsillos y su diestra encontró, entre la tela suave del interior del saco, el último modelo de celular de una conocida marca japonesa, que todavía no había terminado de pagar. Vibraba, como siempre. El tacto frío del dominante objeto le recordó que un metal muy diferente, de bajo calibre, aguardaba entre su camisa y el cinturón, oculto e inerte. El hombre sabía que jamás usaría aquel objeto secreto y clandestino. Se estremeció con tal idea.

La idea en su mente permanecía febril, hostigadora:

“Lárgate no debes nada. No ganas nada. Regresa al auto ahora”.

Pensó en su Hyundai abandonado en un estacionamiento del centro. Pensó en que si regresaba con paso rápido por esas tres malditas cuadras, en media hora estaría en su apto.

Pensó también en algo que nunca había tenido importancia hasta ahora: era un apto vacío. Nadie lo esperaba, en ningún lugar. Ni amigos ni novias, ni socios ni amantes. Sólo habían sido él y su carrera. Podría irse en ese instante y no habría ni una sola persona a quién contárselo. Nadie se lo reprocharía. Nadie lo acusaría ni lo juzgaría. Nadie. No tenía a nadie.

Los perros callaron.

Se había levantado un viento gélido que removía la basura de la calle y era como un látigo en su cara.

“Vete, de una vez por todas… No ganas nada…”. Proseguía la voz en su interior…

Golpeó con más fuerza que la primera vez, por más tiempo. Y en cada golpe estaban sus treinta y cuatro años de soledad, las lágrimas contenidas y la rabia de las golpizas con los otros internos del orfanato.

Todos sus años de rutinas solitarias y bien calculadas, de no confiar en nadie, de sobrevivir a costa de hipocresía, trampas y egoísmo quedaron en la madera ruinosa de aquella puerta que el destino había puesto ante sí.

El destino no; él había elegido. Pero la idea fija en su mente todavía susurraba, terca, provocadora, familiar. Solía escucharla atentamente en cada negocio, en cada proyecto. Y conocía de sobra el precio de obedecerla.

Fiel a su costumbre, meditó en los riesgos de permanecer frente a aquella puerta, parado en esa calle oscura y mugrienta, con su traje italiano y el reloj brillando ignorante…

Se le hacía difícil respirar.

Había escuchado movimiento del otro lado de la puerta. Un ruido tenue, acompasado, lento, como de un paso con eco.

Esperó. No solía esperar más que al gerente. Y en esas ocasiones ensayaba su mejor máscara: vacía y decorada con una amplia y falsa sonrisa de vendedor.

La puerta se abrió despacio, al tiempo que una voz preguntaba quién era. Sus ojos atisbaron un rostro muy diferente al suyo: lleno de arrugas, infinitas arrugas. El hombre no se imaginaba que aquel rostro hubiese sido hermoso alguna vez. Al encenderse una pobre luz amarilla; descubrió que se trataba de una anciana pequeña, casi calva, posiblemente enferma dada la palidez y las ojeras que la demacrada mujer lucía. Vestía harapos y un olor desagradable emanaba de todo su ser. Se apoyaba en un bastón de madera tan viejo como ella.

Eran evidentes sus grandes esfuerzos por descubrir a quien había llegado a su morada. Con una voz muy temerosa volvió a preguntar, poniéndose los lentes que colgaban en su pecho.

El hombre, algo asqueado, dio un paso hacia atrás.

La mujer avanzó instintivamente, mirándolo a los ojos. No se había fijado ni en el traje ni en el brillante reloj ni en la corbata de seda o el arreglado cabello. No había reparado en sus zapatos de cuero. Sólo miraba a los ojos con dificultad e intensidad. Su rostro cobró vida de pronto, surgiendo una expresión de algo que al hombre le pareció sorpresa.

Y sonrió. Con una sonrisa desdentada pero auténtica, una sonrisa que no era falsa y amplia, tan solo sincera. Una sonrisa feliz; que al hombre se el antojó iluminadora, entre tanta carencias y tanta oscuridad.

La mujer estiró su mano – la que no sostenía el bastón – y la alzó hasta el pulcro rostro masculino. Únicamente en ese momento él descubrió sus propias lágrimas; las primeras en treinta y cuatro años. Y su sorpresa fue inmensa. Más cuando ella habló.

Él la escuchó dirigirle, con voz emocionada, una sola palabra, con su voz de vieja y su boca desdentada.

Y en esa única palabra algo en su interior se silenció. Se sintió completo. Por primera vez en su vida lo llamaban así y, sin cálculos de por medio, llegó a la conclusión que estaba bien, que era lo correcto.

“Lo correcto”. En treinta y cuatro años no había “tenido tiempo” en reparar en lo correcto. Y ahora, repentinamente, todo había cambiado; era distinto. Como si él mismo hubiese sido transformado con esa única y sencilla palabra.

Sonrió con ella, algo avergonzado. No era una sonrisa amplia y artificial; (no estaba vendiendo nada). Era una sonrisa nueva. Y al cruzar la puerta mohosa el rostro de la mujer ya no le parecía tan desagradable, es más: no lo consideraba muy diferente al suyo. Nuevamente sintió vergüenza. Y un cálido perfume, procedente del cuerpo frágil y femenino.

La mujer se apoyó con naturalidad en su brazo y repitió, feliz, mientras entraban:

– Hijo.


Autor: Ana Berta Rodríguez


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