La peste gris

Por las noches Pedro sentía sus abrazos, miraba al costado y ahí estaba ella, dormida, hermosa ,  pero a la mañana despertaba y ya no estaba, ¿lo habría soñado? Parecía tan real, Pedro demoraba en abrir los ojos para no ver tanta cama vacía,  igual solo dormía de su lado, en su mitad de la cama, aunque ella no estuviera más,  como esperando que volviera y no se enojara porque su mitad de la cama estaba ocupada, a veces quería hablarle aunque ella no estuviera , hablar solo, decirle cosas e inventarse posibles respuestas de ella.

Pedro no  podía creer como paso, se maldecía por no haberse dado cuenta a tiempo, la podría haber salvado, la habría llevado lejos! .


Donde esa maldita cosa gris no la alcanzara, pero no se dio cuenta, aunque no fue de un día para el otro, fue de a poco pero rápido,  la cosa gris apareció un día en su vida y rápidamente se la llevó,  la consumió de a poquito , como un fuego que consume un leño hasta dejar solo unas cenizas apagadas, sin que se diera cuenta,  se apropió de su voluntad, la cosa gris era la causa de sus risas y de sus llantos, le decía que hacer y cuando, ella hasta creía disfrutarlo, y de a poco se fue yendo, como difuminandose en la niebla de una mañana de abril, cada vez estaban menos tiempo juntos, primero fue en los ratos libres,  ella ya no estaba, luego en los desayunos de verano , bajo el porche, donde tantas veces soñaron con un niño,


Pedro ahora desayunaba solo y a veces de golpe se levantaba de rabia y se ponía a hacer cualquier cosa, para no pensar, y una lagrima le humedecía los ojos, y si Pedro le decía algo ella se enojaba, y así Pedro quedo completamente solo, y ella también, sola, con la maldita cosa gris, su teléfono.


Autor: Alejandro Santos Küh



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