LOS CORCHOS

Mi padre se llamaba Macario, era mozo, trabajaba en una cervecería llamada “La Sibarita” ubicada en 18 de Julio No. 1312, frente al cine Trocadero. De niño, yo iba a pasar algunas tardes con él. Muchas veces después de ir al cine, invadíamos la cervecería con mis amigos en busca del inigualable flan con crema y dulce de leche. Los compañeros de mi padre colocaban dos flanes en un plato y cubrían todo con crema y dulce hasta que no se veía la losa. Confieso que nunca dejamos un solo resto de aquel manjar por más que estuviéramos repletos, y así con los vientres hinchados de dulce y refresco, volvíamos a casa en la Unión, caminando, ya que guardábamos la plata del ómnibus para una futura entrada al cine. El viejo que se había ido a las 8y30 de la mañana, llegaba puntualmente al bar “La Gloria” a las 21 hs., y allí se tomaba un par de copas de vino blanco. Yo siempre iba a esperarlo, y con él volvía a casa a una cuadra de distancia, caminando en las tranquilas noches de mi infancia. Aquellas copas de vino lo volvían muy elocuente, y entonces conversaba conmigo bajo las estrellas, de las cosas más importantes y más triviales de su día, y así antes de entrar a casa cada noche, me tendía la mano y me llamaba “Amigazo”, entonces yo era el niño más importante del mundo. Una vez adentro, las caras de mis hermanas y de mi madre se vestían de fiesta, y lo besaban con grandes sonrisas. Mis padres se besaban en la mejilla, y estoy seguro de que hubieran sentido vergüenza de mostrar un vínculo más íntimo frente a nosotros. Entonces, antes de sacarse el saco, metía mano en el bolsillo y sacaba los corchos. Los corchos estaban numerados con el número uno, y con el número dos, y pertenecían a las botellas de un cuarto y tres cuartos respectivamente. Yo los juntaba en bolsas separadas por número y bodega, y los contaba diariamente como un pastor a su rebaño. Poco a poco las bolsas iban engordando, hasta que lograba llegar a trescientos de cada uno. Entonces llegaba el día de gloria en que salía con destino a la bodega llevando una bolsa chismosa llena de corchos. Ocurre que había una promoción que alentaba a los mozos a la venta, y le compraban los corchos uno y dos a 3 y 5$ respectivamente. Pero además, el dinero venía acompañado de seis botellas de vino, dos blanco, dos tinto y dos clarete. El trato con mi padre era que yo le trajera las botellas, el dinero de los corchos me lo quedaba por el mandado, y el cine se beneficiaba de aquel trato entre compinches. En los treinta años que mi padre trabajó siguiendo esa rutina, no lo vi faltar un solo día, y lo acompañé a todas las comidas que realizaban quincenalmente con sus compañeros, en su mayoría gallegos de diferentes edades que luego de comer comenzaban a cantar con una finísima entonación. Aquellas parrandas que se prolongaban hasta altas horas de la madrugada, apadrinaban los juegos de aquellos casi niños que cantaban aferrados a la noche de una mano, y de la otra mano a las copas del vino que yo había ido a buscar a las respectivas bodegas. Hoy no puedo dejar de nostalgiar esos recuerdos cuando destapo una botella de vino, o cuando el aroma del sol pinta mi nariz desde una copa, envolviéndome en su magia.


Autor: Luis Meneses




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