Ultima despedida.

Una mañana me levanté y, no sé porque, sentí unos deseos irrefrenables de comprarle a mi mamá una docena de pimpollos de rosa roja. Así de preciso. No entendía la razón de aquel impulso. Pensé que era por alegrarla un poco, ya que hacía dos meses que había muerto papá, lejos de casa, en un hospital, derrotado por el tabaco. Su rebeldía apagada por el cigarro. Lejos de su casa, de sus ojos negros, los ojos de mamá, a los que incluso les escribió un poema. “Aquellos ojos negros” lo llamó y a mamá siempre le gustó aquel título.

Desayuné, me bañé, me afeité, me puse perfume a modo de aftershaving, cosa que jamás hago excepto cuando tengo alguna cita o alguna fiesta.

Elegí una buena camisa, un pantalón de tela, desechando mis eternos jeans y me puse un par de mocasines a los que lustré concienzudamente.

No es que ande siempre desprolijo, pero por mi trabajo, no puedo estar todos los días de traje o con pantalones que no resistan eventualmente un mal trato.

Mi viejo, arquitecto igual que yo, sí estaba siempre de traje y corbata, siempre salía perfumado, porque pertenecía a la generación que iba de traje a la Facultad.

La nuestra, más descomprimida ( o más rea para muchos) , recurrió siempre a la versatilidad del jean y las camisas de colores, aguantadoras por excelencia del paso de la mugre.

Salí con paso firme hacia la florería que tengo a dos cuadras de mi domicilio.

No había recorrido una cuadra cuando sonó mi celular, mi socio recordándome que en apenas 10 minutos teníamos una reunión con un cliente que habíamos arreglado una semana atrás. Con culpa por haberme olvidado, le mentí que ya estaba en camino y dándome vuelta, quebré el record de 100 metros llanos desde donde estaba al auto.

Miré el reloj, 9 y 20.

Me dije que de todas maneras tenía chance de comprar las flores después de la reunión.

¡¡¡¡¡Pobre iluso!!!!!

Después del plomazo que me comí, resulta que todas las cosas y mandados que usualmente uno tiene distribuídos en la semana, tuvieron que hacerse en ese día. Y lo peor fue que ni siquiera hubo tiempo de bajarse del auto un segundo a comprar las flores porque en mi itinerario emboqué todas florerías en el centro, sin poder siquiera comprar fichas para parquímetro y mucho menos estacionar en simple o doble fila frente a ellas.

Así estuve todo el día hasta que me agarró la noche.

Y nunca dicho esto más literalmente. Eran casi las 8 de la noche y yo desesperado porque todavía no tenía las flores que ese inexplicable impulso no me permitió olvidar en todo el día.

En un determinado momento después de peregrinar por no se cuantas cuadras por no sé cuantos barrios, estaciono el auto en una calle para averiguar por el 0900 a través de una llamada por mi celular, que florería estaba de turno.

Al no tener buena señal, mis profundos conocimientos de la tecnología celular obtenidos por ósmosis como cualquier uruguayo que se precie de tal, me indujeron a abandonar el auto, buscando una mejor recepción.

El celular, haciendo caso omiso a mi autoridad de técnico, no funciono igual e incluso se atrevió a contradecirme encendiendo una lucecita roja y una leyenda en su pantalla que decía: ” Low Battery “con signos de admiración.

Acordándome de la fábrica que lo parió, decidí reconciliarme con lo natural y con nuestras sanas costumbres y me encaminé a un boliche situado naturalmente, en la esquina.  Allí , esquivando miradas dignas de un saloon de películas del oeste donde el último que entra siempre es el forastero, le pregunté al hombre que estaba tras el mostrador si conocía la ubicación de alguna florería.

Tapado por algunas carcajaditas aguardentosas, me indicó al fin una casa a los fondos de otra, donde habitaba una anciana que arrimaba algunos pesos a su jubilación vendiendo flores que ella misma cultivaba.

Agradeciéndole al bolichero y rodeado de risitas, abandoné el local pensando que la tal vieja lo único que podía cultivar en el fondo podrían ser flores tipo margaritas u hortensias. Pero, por las dudas me fui igual hasta la dirección que me habían indicado.

Lo derruído de la casa del frente me amilanó un poco, debo reconocer, pero ese impulso inexplicable que ya mencioné me llevó por el corredor del costado hacia el fondo. Una vivienda bastante deteriorada por la falta de mantenimiento hablaba de la pobreza de recursos. El ambiente era bastante depresivo.

Golpée las manos como aplaudiendo y esperé. Una puerta se abrió y una anciana muy prolijamente vestida, con anteojos de montura fina y el pelo recogido en un rodete sobre su cabeza me recibió con una sonrisa.

Ahí sentí que algo cambiaba, la imagen de la mujer menguaba el efecto negativo de la noche y las construcciones carcomidas.

Sentía que al fin había llegado al lugar que algo me había hecho buscar todo el día.

Me hizo pasar al interior de la vivienda.

Era  una sala muy espaciosa y  con una gran cantidad  de recipientes con flores de todos colores que se destacaban sobre el fondo de las paredes pintadas de un blanco pulcrísimo. Parecía una metáfora de la vejez.

Carcomido por el tiempo por afuera, pero pulcro, perfumado y bello por dentro.

Le conté a la mujer que era lo quería y como había llegado ahí. Dulcemente me dijo que siempre siguiera a mi intuición, no habló de impulsos pero igual le entendí, ya que ellos siempre son la manifestación de lo que realmente queremos. Y dándome la docena de las mejores rosas que vi en mi vida, me despidió con un beso.

Con una sensación de mucha paz, inexplicable para mí, ya que no había guerreado con nadie ese día, me dirigí como bólido hacia la casa de mi madre.

La sensación de ansiedad por llegar y ver su cara sonriente excedía la dimensión del hecho de comprarle flores. Quiero decir, no era para que mamá se desmayara de la emoción, pero de todas maneras, yo estaba con una ansiedad inexplicable.

Tocó timbre , mamá me abre por el portero eléctrico y subo la escalera con las flores en la mano.

Mamá me mira y me dice que hacía con esas flores. Le digo en broma que eran para una ensalada. Ella pregunta si en serio eran para ella o me habían sobrado de alguna cita frustrada.

Le digo que no me embrome, que estuve todo el santo día atrás de las flores, que no sabía como se me había metido la idea de que tenia que ser hoy y no mañana  que tenía que comprarle las flores.

Y ella me aclaró todo.

Era 29 de noviembre.

La fecha de su casamiento por civil.


Autor: Marcelo Fabani




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